viernes, 19 de octubre de 2007

Voyages



Nota del Editor:
Durante la época Victoriana el Imperio Inglés comandó una serie de exploraciones a la costa oeste del continente americano, una de estas exploraciones estaba dirigida por el famoso e intrépido explorador Sir Richard Burton. Durante 6 años Burton y su tripulación exploraría la mayoría de la costa noroeste del continente, visitando ciudades como Happy Valley Goose Bay, Halifax, Savannah y Jacksonville. Durante todo este tiempo Burton mantuvo dos diarios: uno oficial dirigido a catalogar toda la información sobre las regiones visitadas para ser catalogado en los archivos de la Corona Inglesa y otro más personal en el cual redactaba sus impresiones y aventuras en el viaje. Éste último (como su traducción de las Mil Noches y una Noche) seria publicado en una edición limitada y vendido a los subscriptores de su club literario.
El siguiente es una de las entradas del segundo diario en el cual habla de su impresión al arribo de una isla al sur de Quebec.

Traducción de J.L.B.

The incredible adventrues of Sir Richard Burton of Her Majesty‘s explorers in the savage coasts of the North Eastern American Continent.
(Las increíbles aventuras de Sir Richard Burton de los exploradores de Su Majestad en las costas salvajes del continente noroeste americano)

-8 de Abril de 1860

Ayer acampamos en éstas frías costas. De nuevo encontramos a un grupo de nómadas, casi idénticos a los que encontramos en las afueras de Halifax, después de un trueque de comida por acero les preguntamos a que distancia quedaba la siguiente ciudad. Aparentemente acabamos de pasar un gran metrópolis. Después de varios intentos fallidos de comprender las instrucciones decidimos ‘contratar’ a uno de los nómadas como guía pero viendo el mal clima que se avecinaba decidimos acampar y salir a pie mañana hacia esa supuesta ciudad. Les relato éstos eventos pasados ya que ciertas dificultades que se crearon durante la desvariación y la preparación del campamento, incluyendo un marinero sufriendo una grave accidente mientras bajaba cajas del barco, me impidieron seguir con el ejercicio cotidiano de escribir en este diario, el poco tiempo con el que dispuse lo ocupé con mi primera obligación, la cuál es el diario informativo para Su Majestad.
Ahora comencemos con el día de hoy.
La mañana vino gris, el sol asomándose en las pocas oportunidades que tenia entre nubes. La mayoría de la travesía hacía la mítica ciudad fue aburrida y pesada, el paisaje reinado por un melancólico amarillo. Poco antes del mediodía el entorno comenzó a cambiar, anunciando la cercanía de la ciudad. Como un preludio a lo que íbamos a acontecer comenzamos a ver estructuras en el camino: puentes, edificios, fábricas. Todos similares a las estructuras que habíamos visto en ciudades pasadas, todas dignas de haber formado parte de ellas. El hecho de que fuera eso lo que componía los alrededores me hizo sentir una curiosidad y anticipación que pocas ocasiones he sentido.
Fue después de bajar un pequeño monte en el camino que la vi. No entendía como no la había vislumbrado en la lejanía, fue como si se hubiera impuesto en el horizonte espontáneamente. Una isla como nunca antes había visto, llena de monolitos, templos, faros, pirámides, palacios, esfinges y obeliscos, parecía que si se erigiera una torre más la isla se quebraría bajo el peso y se uniría a la Atlántida bajo la marea.
Ordené un descanso antes de cruzar hacia la isla. Durante este tiempo Neil Pychon, el artista cartógrafo de la expedición, aprovechó para dibujar, como lo había hecho antes, el paisaje que se nos presentaba para ser incluido en el reporte para Su Majestad.
Una vez descansados volvimos a emprender el viaje, cruzamos un puente de acero y llegamos a la ciudad. Es una oda a la modernidad. Aquí las calles están ordenadas de manera tan simple: norte a sur, oriente a poniente. Y aun así con la confianza y la uniformidad de los edificios uno se puede perder en esta selva. La ciudad esta hecha para que siempre esté presente, siempre imponga. Todas las calles terminan en el horizonte, al mirar al cielo que enmarcan los monolitos, se percibe un viento constante que esta atrapado entre las grandes estructuras y avanza buscando salida.
Continuamos caminando, siguiendo al guía. Nos llevó al oasis entre el desierto de concreto y acero. Un parque. Primero se percibe al final de una calle, pero mas bien como un grupo de árboles plantados en un conjunto compacto, pero al salir de la calle es como si hubieran crecido en un bosque. Un rectángulo perfecto rodeado por los gigantes obeliscos, de forma amenazadora les recuerda que a pesar de sus fuertes fundaciones lo único que realmente perdura en la tierra es la naturaleza.
Entre más caminábamos más me maravillaba, era un mundo dentro del mundo. Como si se hubiera tomando un espécimen de cada raza humana y dejada en la isla para coexistir. Color, religión, apariencia, estas cosas no importaban , todos eran habitantes de la isla y eso era lo único que importaba. Tal variedad encontraba también en el nivel económico, desde sultanes a mendigos, uno podía verlos pasar en la misma calle, compartiendo la misma banqueta, aunque mas adelante nos explicaría nuestro guía que aunque se convive en la isla, no estaba libre de segregación. La mayoría de la clase baja y media tenia sus hogares en el otro lado de la costa.
Esta variedad a tan gran escala tenia como consecuencia un comercio igual de variado, en una esquina se encontraban tiendas en las cuales nada menos de realeza tenia acceso a sus bienes y en la otra esquina se encontraban los puestos frecuentados por obreros y artesanos. Tal plétora de opciones no eran solo comerciales sino también culturales. Museos y galerías llenos de tesoros de todo el mundo. Armas orientales, libros medievales, biblias antiguas y telas de las indias, todo esto y mucho más se encontraban en exhibición al publico. Era la historia humana puesta en collage a disposición de todos.
Al acercarse la puesta del sol comenzamos la regresada al campamento. Teníamos planeado pasar la noche en esta ciudad tan increíble pero cuando nuestro guía nos informo que ningún hotel cobraba menos que una pieza de oro por noche decidimos que seria mejor regresar.
Mientras nos alejábamos me detuve un momento para mirar la ciudad, por alguna extraña razón había crecido dentro de mi una extraña melancolía que crecía al paso del crepúsculo, el cielo estaba completamente nublado, pero la ahora obscura ciudad no necesitaba estrellas, las torres creaban sus propias constelaciones urbanas, cada una llena de mitos de la calle, héroes y victorias. Después de vivir tal maravilla me pregunto: ¿Uno viene a Nueva Yorkshire para recordar al mundo o para olvidarse de el?
Her Majesty’s explorer,
Sir Richard Burton.

1 comentario:

vampiro azucarado dijo...

Creo que es una ficcion digna de JLB. Si tu profesora se lo creyo, pienso que yo tambien me lo creeria.

 
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